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VIDAS A IMITAR:

Por Dellanira Herasme

Jean Henri Dunant, “el más humanitario y humilde de los hombres de Mayo y quizás..  de todo el calendario”
 
En su nacimiento y Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Henri Dunant recibió el premio Nobel de la paz en 1901, junto con el pacifista francés Fréderic Passy, fundador de la Liga de la Paz, quien sobre Dunant, dijo lo siguiente:

"No hay hombre alguno que merezca más este honor, pues fue usted, hace cuarenta años, quien puso en marcha la organización internacional para el socorro de los heridos en el campo de batalla. Sin usted, la Cruz Roja, el supremo logro humanitario del siglo XIX probablemente nunca se hubiera obtenido”.

Este día 8 de mayo, en que se celebra el Día Mundial de La Cruz Roja y la Media Luna Roja, en honor al nacimiento de quien fuera el ideador, creador de esta institución humanitaria que naciera con la finalidad primaria de socorrer a los soldados heridos en combate, y que luego amplió su cobertura, recordamos con la intención de imitar en la medida de lo posible, a Jean Henri Dunant.

Nacido el 8 de Mayo de 1828 en Ginebra, Suiza, en el seno de una influyente familia ginebrina compuesta por el prestigioso y rico hombre de negocios Jean Jacques Dunant y de la dama distinguida Antoinette Calladon, sobrina segunda del escritor francés Jean Jacques Rousseau, Henri Dunant, desde muy joven dio muestras de la gran bondad de su corazón, motivado en parte quizás, por los valores caritativos inculcados por sus padres, quienes enfatizaban el valor del trabajo social, dedicándose él, a la ayuda de huérfanos y presos liberados y ella, a los enfermos y pobres.

Alrededor de los 12 años, Dunant acompañaba a su madre a cárceles y barrios de la ciudad, para repartir limosnas entre los pobres y alentarles con amables y piadosas palabras, (que de acuerdo a lo escrito por el Dr. Manuel  Saladín Vélez en su libro “ Vida y Obra del fundador de la Cruz Roja”), “brotaban de sus labios como una bendición divina, que se infiltraba en el corazón de aquellos infelices, que desprovistos de todo, veían e su progenitora, a una madre espiritual”.

Vivaz, inteligente, de espíritu sensible, blanca tez, negros ojos y ensortijados cabellos, el joven Dunant, llevaba tan dentro de sí el filántropismo, que a los 18 años se afilió a una entidad cuya misión era socorrer a las personas necesitadas que habitaban los tugurios ginebrinos.

En esta agrupación que tenía por nombre “Sociedad de Limosnas”, desarrolló una meritoria labor organizativa en lo relativo a la asistencia que debían prestar a los pobres, consiguiendo incluso a través de tácticas mediáticas, engrosar la lista de quienes le apoyaban.

La carrera altruista de Henri Dunant no se Detiene y formó a los 23 años, la “Sociedad Samaritanos de la Paz” y más tarde junto a otros compañeros “La Unión Cristiana de Muchachos”, considerada la organización suiza de su género, con mayor número de afiliados.

El empresario padre de Dunant, preocupado por el futuro de su filántropo hijo, decide en 1951, colocarlo en la banca de Ginebra, donde por dos años obtuvo la preparación y experiencia necesarias para ser enviado por sus superiores a una misión especial a Argelia, en 1853.

En este país, colonizado por los franceses, en 1830, se puso en contacto con las autoridades correspondientes, e inició la instalación de granjas y molinos, fundando la  “Compañía Financiera e industrial de los molinos, empresa que debido a la mala organización en la administración local, estaba condenada al fracaso, y más tarde, le traería a Dunant, lamentables consecuencias, relativas a su magno proyecto “La Cruz Roja Internacional”.

Descontento e impaciente por no encontrar la cooperación y apoyo de las autoridades en Argelia, y con la intención de remediar la difícil situación económica, se dirige a Italia, para entrevistarse con su amigo y socio en esta empresa, el Emperador Napoleón III, quien se encontraba aquí, apoyando a este país, en la guerra que libraba contra Austria.

El 23 de Junio de 1859 en la noche, llega Henri Dunant a la ciudad de Castiglione, en la parte norte de Italia, donde le habían informado estaba el cuartel general de su amigo Luís Napoleón.

Dado que pasaba ya la medianoche y que era inminente la batalla a librarse en las subsiguientes horas, las posadas habían cerrado temprano sus puertas. En la contienda participarían tres de los más poderosos, entrenados y equipados ejércitos europeos (el de Italia con 50,000 hombres, a cuyo frente el Rey Victor Manuel II, Francia con 100,000 al mando de Napoleón III, (este gozaba de ser calificado como el más aguerrido de la época), y del lado austríaco unos 170,000 soldados comandados por un joven, valeroso, también Emperador, llamado Francisco José).

Después de recorrer la ciudad, Dunant encontró donde alojarse, bien entrada la madrugada del 24 de Junio de 1859. Horas después comenzaron a oírse los chirridos de las armas y el estruendo aterrador de los cañones, provenientes del campo de batalla, ubicado en las llanuras de la aldea llamada Solferino, muy cerca de donde estaba Dunant, quien desoyendo las súplicas de los lugareños, se dirigió al escenario del combate.

Al llegar a esta extensión de más de 20 kms. de longitud, un mar humano de casi 40, 000 hombres entre heridos y muertos, resultado de nueve horas de cruel combate, motiva a que el hombre de blanco como tildaban los nativos a Dunant, por estar siempre vestido de este color, comenzara a socorrer a los heridos, asistido por los habitantes, especialmente las mujeres y los jóvenes.

Lograr también la libertad de algunos detenidos, fue otra de sus misiones, entre ellos, médicos del ejercito austríaco, que estaban allí para atender a los heridos de su bando.

La impresionante y difícil situación vivida en este lugar después de la guerra, quedó plasmada en el libro “Recuerdo de Solferino”, que de regreso a Ginebra escribiera Henry Dunant en 1862, y del que extraemos una muestra: “Durante la acción, se habían instalado ambulancias provisionales en alquerías, casas , iglesias, conventos de los alrededores e incluso al aire libre”.

“A la sombra de los árboles, los oficiales heridos por la mañana, después los suboficiales y los soldados, fueron someramente asistidos: los cirujanos franceses demostraron una infatigable disponibilidad, y varios no se permitieron instante alguno de reposo durante más de veinticuatro horas; dos de ellos que prestaban servicios en la ambulancia, tuvieron que cortar tantos miembros y colocar tantos vendajes que se desvanecieron; y en otra ambulancia uno de sus colegas agotado de cansancio, se vio obligado, para poder continuar con la tarea, a que dos soldados le sostuvieran los brazos”, relata Dunant en sus memorias de la Guerra de Solferino.

“Un Souvenir de Solferino” o “Un Recuerdo de Solferino”, sirvió para que la idea de Dunant, de crear un organismo que en tiempos de Guerra socorriera a los soldados en conflicto con toda neutralidad, inspirara la creación de la Cruz Roja Internacional, y sus ideas, también sirvieron de base para la realización en 1864, de la convención de Ginebra.

Uno de los ejemplares del libro, que a costa del propio Dunant, tuvo una edición de 1,600 copias, distribuidas por toda Europa, llegó a manos del presidente de la Sociedad Ginebrina para el bienestar Público, un jurista de nombre Gustave Moynier, quien aunque lo recibió positivamente e hizo de él y sus sugerencias el tema de la reunión del 9 de Febrero de 1863, se convertiría más tarde en el peor detractor de Dunant.

En la reunión, las ideas de Dunant fueron discutidas, examinadas y valoradas positivamente, lo que dio como resultado la conformación de un comité de cinco miembros, para investigar las posibilidades de ser llevadas a cabo.

Este comité, en el que Dunant ocupaba el cargo de Secretario, estuvo integrado además por otros cuatros miembros, encabezados por Moynier. La primera reunión de dicho grupo se realizó el 17 de Febrero de 1863, fecha considerada como de la Fundación del Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR.

Discrepancias desde el inicio entre Moynier, quien asumió el proyecto pragmáticamente y Dunant, el visionario idealista del grupo, hacían resurgir e intensificar los conflictos ente ambos, ya que Dunant, defendía su propuesta de brindar asistencia y protección neutral, mientras Moynier, insistía en la imposibilidad, de poder cumplir las ideas de aplicar neutralidad, y advertía al ideador de Cruz Roja, “Que no insistiera en ese concepto”.

Las relaciones entre Moynier y Dunant se agriaron tanto, que en las actividades subsiguientes para mejorar las atenciones a los soldados heridos, el papel de Dunant se limitó a cuestiones protocolares, como alojar a los invitados, con el fin de aminorar su participación estelar.

Debido en gran medida a la devoción de Dunant por sus ideas, sus negocios se fueron a la bancarrota y en 1867, fue condenado por el tribunal mercantil de Ginebra el 17 de Agosto, lo que afectó a muchos de sus amigos y familiares, esto generó un gran escándalo, que lo llevó entre otras cosas a renunciar a su cargo de Secretario de la Cruz Roja, el 25 de Agosto, para ser apartado definitivamente, el 8 de Septiembre de 1867.

Con el alma destrozada Dunant, abandona su ciudad, a la que jamás volvería a ver. Se dirige a París, donde vivió en condiciones miserables sin abandonar jamás sus ideas humanitarias, lo que demostró en 1870, cuando fundó la “Sociedad de Socorro Mutuo”, para propugnar negociaciones de desarme y la creación de un tribunal internacional, que mediaría en los conflictos internacionales, abogando también por la creación de un estado Judío en el área de Palestina e Israel.

Dedicado a sus ideas, Henri Dunant, olvidó su situación personal e ingresos. Cada día era más ignorado por sus conocidos y sus deudas iban en aumento. Aún cuando la Cruz Roja se expandía a nuevos países, vivió en la extrema pobreza, viajando de lugar en lugar desde 1874 hasta 1886.

En el 1881, conoce a un estudiante universitario de nombre Rudolf Muller, con el que cultivó una estrecha amistad. En el 1887 estuvo en Londres y allí, comenzó a recibir un mínimo apoyo financiero de parte de algunos familiares lejanos, que le permitió vivir con un poco más de seguridad.

En Julio del 1887, se trasladó a la ciudad de Heiden, donde pasó el resto de su vida. A partir del 30 de Abril de 1892, el doctor Hermann Altter lo acogió en el hospital que dirigía, donde luego de muchos sufrimientos y premios, incluyendo el de Nobel de la paz, cuyos beneficios nunca usó y de acuerdo a su testamento donó fondos para una “cama libre”  en la residencia de Heiden, siempre disponible para un ciudadano pobre de la región.

Otra parte del dinero lo legó a amigos y organizaciones de caridad en Noruega y Suiza.

Jean Henri Dunant murió el 30 de Agosto de 1910, y aunque cada año es homenajeado en cada ciudad en donde existe una Sociedad de la Cruz Roja y o Media Luna Roja, es de suponer, que la mejor forma de honrarlo sería, dando cumplimiento a los principios de: Humanidad, Imparcialidad  Neutralidad, Servicio Voluntario, Unidad, y Universalidad, sobre los cuales se sustenta la Cruz Roja, con su aplicación siempre soñó, Jean Henry Dunant.

 

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